En marcha por los cambios



El 8 de marzo de 2018, 300.000 personas en las calles y en cada localidad del país. Una convocatoria a la huelga mundial de mujeres para celebrar nuestro día sin precedentes.

El 20 de mayo de 2018 se celebró la 23º Marcha del Silencio, 23 años marchando en Montevideo, cada vez más personas, la tercera generación ya está participando en esta marcha y en las que se realizan en capitales departamentales y otras ciudades del interior.

El viernes 28 de setiembre una multitud llenó 18 de julio en la Marcha por la Diversidad a las que también se adhirieron algunas ciudades del interior del país los días anteriores.

Las mujeres argentinas en vela toda una noche con sus pañuelos verdes, las multitudinarias marchas en Brasil repudiando el autoritarismo y la xenofobia de un candidato que parece no respetar ningún derecho. Las universidades chilenas ocupadas pidiendo “educación gratuita y no sexista”… son algunas pequeñas grandes muestras de gente que sigue unida por objetivos comunes en nuestro país, en la región y en todas las latitudes.

Pero los cambios cuestan, las sociedades suelen ser conservadoras por naturaleza y resistir los embates del individualismo no es fácil. Acá y en cualquier parte. Es así, no somos un paisito único en casi nada. Sin embargo, cuando veo estas manifestaciones en donde se pone en práctica la conciencia crítica más allá de las redes sociales, no puedo menos que emocionarme.

– “Somos las hijas de las mujeres de los pañuelos blancos y las madres de las mujeres de los pañuelos verdes” se dijo cuando la movilización por la despenalización del aborto en Argentina. Y eso es parte de lo que debemos de comprender cuando miramos estos procesos aquí y allá. Los movimientos sociales de diversa índole tienen otras que nos antecedieron y tendrán otras que nos trascenderán, porque sólo así podemos pensar en verdaderos cambios: que sean colectivos ahora y colectivos en el tiempo.

Algunos pensadores de este siglo han definido que somos la sociedad del riesgo porque nos enfrentamos a nuevos desafíos y posibilidades de elección que generan incertidumbre como nunca antes. Sin embargo, esa capacidad de elección no siempre se realiza de manera colectiva, horizontal, equitativa y pensando en la comunidad que nos rodea. Las relaciones de jerarquía y poder, exacerbadas por los intereses de unos pocos, ponen en riesgo nuestras instituciones, ciudades, países y hasta el planeta por el uso indiscriminado de las personas y la naturaleza para el lucro.

Cuando nos convocan para un proceso participativo ¿para qué nos convocan? ¿Para decidir el color que pintamos los bancos de una plaza o para definir si remodelamos o ponemos una plaza en ese lugar? Entonces, si somos invitados para decidir un color tenemos que ser capaces de organizarnos para incidir de otra manera. Decir alto, fuerte y claro que queremos ser parte de una sociedad que decida sobre lo importante.

San José la mayoría de las veces parece adormecido, “estamos acostumbrados” que seamos consultadas, a lo sumo, para definir un color.

Por eso, cuando aparecen muestras tan claras como las del 8 de marzo reclamando por la igualdad real, un 20 de mayo pidiendo justicia para conocer lo que pasó con los que pelearon antes que nosotras y un 28 de setiembre para decirle al cuerpo legislativo que el derecho a ser es impostergable, veo que no todo está perdido y me da esperanzas.

 

Ana Gabriela Fernández

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