Inundemos de feminismo la política



Hasta hace muy poco tiempo una parte importante de la izquierda uruguaya parecía tenerle miedo a la palabra feminismo. Alcanzar las igualdades de clase han sido la base constitutiva de las luchas de la izquierda, pero por el camino algunas se dieron cuenta (y digo en femenino porque fueron mujeres quienes comenzaron a levantar la voz), que no alcanzaba con la lucha de clases, porque adentro de éstas cabían otras desigualdades. 

El feminismo es una idea revolucionaria. Las mujeres tenemos iguales derechos que los hombres y no sólo queremos que eso se diga o que se escriba. Tenemos iguales derechos y queremos que se pongan en práctica. Exigimos ‘igualdad sustantiva’ como se le llama. Para eso, el feminismo nos ha enseñado otra forma de mirar y de entender la realidad. 

En la revolución industrial surge la figura de “el ama de casa”: cuidadora de la fuerza trabajadora del hogar. El ama de casa garantiza además el cuidado de las generaciones de futuros obreros que aportarán progreso a la sociedad. A medida que el capitalismo fue avanzando en nuestros países, el sistema se fue valiendo cada vez más de esa fuerza de trabajo “invisible” que posibilita que el empleado o el obrero tengan solucionado un montón de cosas que hacen a su subsistencia y la de los suyos y que son parte de la vida cotidiana. Ese trabajo que no es remunerado sustenta al sistema capitalista. Ese trabajo que mayoritariamente desempeñan las mujeres representa el 23% del PBI de nuestro país. La alianza capitalismo – patriarcado, parece evidente. 

A su vez, las mujeres estamos en el Uruguay en el mercado de trabajo desde hace décadas; la cantidad de horas que dedicamos al trabajo no remunerado, reduce las posibilidades de acceso a mayor cantidad de horario, mayores salarios y aumenta las brechas salariales y económicas entre hombres y mujeres. Entonces, no es sólo una cuestión de clase también es una cuestión de género. 

Esta historia muy resumida tampoco fue la de toda la humanidad, las mujeres y hombres negros fueron esclavizados a lo largo y ancho del planeta y nuestro país no fue la excepción. Las mujeres que llegaron a estas tierras durante la colonia, provenientes de los barcos esclavos, continuaron mayoritariamente en tareas domésticas al servicio de las clases dominantes (Mujeres incluidas). Tampoco es sólo una cuestión de hombres  y mujeres. El feminismo nos ha enseñado que no somos iguales todas las mujeres ni todos los hombres. También es una cuestión de raza. 

Hace pocas semanas tuvimos el privilegio de tener en nuestro país a la académica y activista Ángela Davis, quien nos habló que el feminismo debe ser inclusivo. “Hacer visible lo invisible” (Margareta Wahlström 2018). Porque debemos entender que, a partir de las diferencias percibidas de sexo se construyen relaciones de subordinación y de poder que son constitutivas de las relaciones sociales (Scott 1998) y que se mezclan con otras variables como la edad, la raza, la etnia, la clase social, el lugar en donde vives, tu orientación sexual y tu identidad de género

Como izquierda debemos pensar que la medida de la construcción social es y ha sido el hombre blanco, de clase media alta, heterosexual y de la ciudad. Nuestra obligación ética es inundar nuestro análisis político de feminismo para que nuestras prácticas políticas construyan otra realidad posible. 

Corresponde destacar: El acceso universal a la educación preescolar, las ayudas a madres adolescentes para continuar sus estudios, la reducción sistemática del embarazo adolescente, el Sistema Nacional Integrado de Cuidados, la ley de Trabajo Doméstico, el matrimonio igualitario y las posibilidad de adopción, la ley Integral para personas Trans, el aumento de la licencia paternal, la prohibición de hacer un test de embarazo en un proceso de selección de personal, la reducción de la mortalidad materna a mínimos que nos colocan al frente de toda la región latinoamericana. Son algunas de las políticas públicas que ha venido poniendo en práctica los gobiernos del Frente Amplio desde una perspectiva feminista.  

Pero falta muchísimo para la igualdad sustantiva y por eso se necesita más profundidad en las acciones, en las políticas que mejoren la calidad de vida de todos y de todas: en las condiciones de acceso al empleo, en la reducción de las brechas salariales, en generar un ambiente libre de acoso sexual en las calles, en las plazas y en los trabajos, y fundamentalmente garantizar que ninguna mujer de ninguna edad pueda ser propiedad, mercancía o cuerpo del que se abusa por ser mujer. El Estado debe garantizar la seguridad de toda la población y de todas esas mujeres cuyas muertes pueden ser evitables. El presupuesto para la prevención, atención y seguridad en violencia machista ejercida hacia las mujeres debe ser aumentado. 

En eso estamos para un 4to. gobierno del Frente Amplio, para profundizar y mejorar la política desde el feminismo. 

 

Ana Gabriela Fernández 

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